viernes, 26 de diciembre de 2008

ALMONACID DE ZORITA


La recta final del camino enfila la villa adormilada en el colchón del llano de cara a la media mañana. Almonacid parece desperezarse confuso en el sopor de una neblina de humos blancos que se ciernen sobre los cipreses, sobre los chopos desnudos de la huerta, sobre las torres del pueblo. Pese a la limpieza sin mácula del día, la escarcha lame los pies de los olivos donde la gente trajina sacándole su fruto por el viejo sistema del ordeño. Sube la carretera un motorista llenándolo todo de un ruido ensordecedor, el motorista va embutido en su estuche policromo de tela plástica. Los cerros ásperos que por estas latitudes limitan las tierras de la Alcarria, se nos muestran con una sorprendente diafanidad, bajo su pelerina de olivar, de encina, de pino recental y de maraña. Almonacid es un gran pueblo al que uno se acerca con el debido respeto, pero con toda la admiración y el cariño que merece su condición de villa vetusta, ligada estrechamente a épocas gloriosas del correr de los tiempos, patente aún en blasones por doquier, en columnatas multiseculares , en arcos de piedra colocados por hombres de hace seis centu­rias, como éste que nos recibe por debajo de sí con todos los honores de que son capaces los espectros de la Historia, cuyo silencio todavía se escucha en las mañanas radiantes de Almona­cid.
He llegado a una placetuela precedida por las columnas que sostienen el pórtico de la parroquia. La portada es una filigrana gótico-plateresca, esculpida en piedra a la que la erosión y la baja calidad del material empleado por los canteros han puesto en peligro. La iglesia está abierta. El interior no se correspon­de en nada, ni en época ni en estilo, con la portada del XVI. Es un templo de tres naves, sin otro interés que una buena reja que cierra la capilla lateral donde acaba de celebrar su misa de diez don Octaviano. Hay colocada sobre unas andas una imagen bellísima de la Virgen a la que, por intuición y por su atavío anoto como la patrona de la villa. Después me diría el párroco que no, que la patrona es la Virgen de la Luz.
- Ésta es muy guapa -me dice-, pero no es la patrona. Esta imagen es la de Los Desamparados. La Virgen de la Luz está en su ermita, en lo que antes fue convento de Jesuitas. Luego iremos a verlo. Ahora, venga conmigo que lo voy a enseñar el presbiterio del XVI, de la misma época que la portada.
Es un patio sombrío y húmedo. Del presbiterio del siglo XVI no quedan más que los fustes de unas columnas descomunales que acaban en el punto mismo donde debiera arrancar la crucería. Y no queda más, porque tampoco se hizo más. Las obras fueron suspendidas, y de lo que pudo ser una muestra luminosa de la arquitectura española del Imperio, sólo esto: el amargor de lo que se inicia y no se acaba y cuatro gavillas de matujos que crecen a la sombra de los muros, bajo la lluvia de la mañana y la luz indirecta de varios siglos.
- En un momento nos acercaremos a la ermita de La Luz. No hay que salir del pueblo. Verá usted como es el clásico convento de Jesuitas, muy parecida en la forma a San Nicolás de Guadalaja­ra.
La fachada es realmente bella. Corona la entrada principal a la antigua iglesia un escudo real con las flores de lis incluidas. Lo que aquí llaman "la ermita" es en realidad una capilla inmensa, con cúpula de media naranja por encima del presbiterio, y en cuyo frontal, recogida sobre la leve repisa de un retablo de circunstancias, se ve la imagen pequeña de la Patrona, imagen de faz morena que cuenta, según el párroco, con el fervor incondicional de los hijos de Almonacid.
- Es verdad. Ve usted si esto es grande, pues cuando llega el novenario aquí no se cabe. La pena es que no tengamos el retablo que se merece, porque ese que hay, si se fija bien, está hecho con cuatro tablas de cajón y unos cuantos apliques de retablos viejos. Hemos intentado poner uno barroco en condicio­nes, nuevo, pero siempre hay pegas.
Seguido a la fachada de la ermita de la Luz, y haciendo con ella un todo como único cuerpo del antiguo monasterio, se llega hasta el club que Almonacid ha inaugurado recientemente para los ancianos del pueblo. Bar, salón de juegos, una confortable sala de televisión, comparten el secular edificio con escalinatas y galerías artesonadas en torno a un patio interior rodeado de columnas de la época y un romántico surtidor en el centro. Sitio ideal para soñar despierto a la luz de la luna en las noches de estío, quehacer este nada propio por otra parte para los hombres y mujeres a quienes se destina.
- Se sienten muy contentos aquí los ancianos, como dueños y señores. Si por ellos fuera, no entraría nadie.
- ¿Tantos ancianos hay en Almonacid?
- Mas o menos, unos doscientos. Habitantes, con los poblados incluidos, debe de andar la cosa sobre setecientos cincuenta; pero claro, en los pueblos el número de ancianos en proporción es muy elevado.
El amable cura de Almonacid me contaba estas cosas poco antes de despedirme de él al sol de las restauradas galerías del "Hogar para jubilados", acción envidiable del FONAS, muy superior por mucho en sus instalaciones a otros que, con el mismo fin, hemos tenido ocasión de encontrar, perdidos por ahí, en los cuatro puntos de la geografía provincial.
Andar luego por las calles del pueblo es un don gratuito con el que Almonacid obsequia a quienes van a él. La villa rompe al volver de cada esquina la monotonía de su lección urbanística con un nuevo rincón, con un arco ciego camuflado en la añosa pared, con la gracia volandera de sus aleros que recortan en informes longitudes de madera envejecida el clarísimo azul de la pared, con la parda mole, en fin, del cerro de la Ventanilla, a cuyas plantas estrena Almonacid un nuevo vivir cada día, contado paso a paso por las solemnes campanadas del reloj de la torre.
La Plaza de Almonacid es -aun después de su restauración, que la hace funcional y cómoda- una reliquia de la España de Lope y de Teresa de Jesús. La plaza se cierra en soportales, en corridos balconajes de hierro delante de ventanas de tamaña contextura que se van repartiendo a lo largo del blanco paredón por encima de las columnas. En uno de los laterales de la plaza hay una fuente abrevadero construida a principios de siglo, de la que cuelgan abundantes dos chorros de agua. De ambos caños, los chiquillos y la gente mayor beben a su gusto cuando tienen sed, sin pararse a mirar la leyenda de un letrero amarrado a los hierros por encima de sus cabezas que dice: "Agua no potable" .
- Nada. Eso lo han puesto porque han querido. Siempre hemos bebido agua de aquí y nunca pasó nada. Y el mal efecto que hace.
La admirable estructura de la plaza se completa con el edificio nuevo del ayuntamiento, en cuya factura a base de piedra y de maderas de hoy, se ha buscado escrupulosamente no desdecir del estilo general de la villa. La Torre del Reloj acaba en un carillón de hierro oscuro, del que penden dos campanas de distinto tamaño para dar la hora. Fue levantado el recio torreón, según consta en una lápida adosada al muro, en tiempos del rey Felipe II, siendo gobernador de Zorita don Juan de Céspedes. En la solanilla de la torre canta un canario sujeto a los sillares. La dueña le está colocando una sombrilla por encima de la jaula para que no le dañe el sol. La dueña del canario se llama María, doña María Albengoa, una señora muy simpática que tiene parte de la fachada de su casa levantada sobre moderna piedra de cantería.
- Es que mi padre fue cantero. No encontrará usted otra igual en todo el pueblo. Es de piedra blanda, cogida por aquí cerca.
- Lo bueno será que dure tanto como la torre del reloj, y que nosotros lo veamos. ¿No le parece?
- ¿Y, para qué tanto? La torre es muy antigua. Ahora le están arreglando todo aquello de arriba. Hace más de cincuenta años se cayó un hombre que cuidaba del reloj y se mató.
- Pues el pueblo es bonito. Se nota que ha sido importante.
- Aquí había cuatro arcos para pasar al pueblo, y los cerraban cuando las guerras de antes. Ahora no queda más que uno. Y en el convento de allá abajo han habido siempre monjas.
El convento al que se refiere doña María está en las afueras de Almonacid, y es contemporáneo de la portada de la iglesia, del presbiterio inacabado, de la capilla de los Jesuitas y del reloj de la torre, es decir, del siglo dieciséis. Del convento de la Concepción tan sólo vi su severa portada y el atrio invadido por el sol del invierno. Un anciano llena por los alrededores un saco de hierba en los humedales de la huerta.
- Monjas han habido siempre. Hasta hace cuatro días, como aquel que dice.
Los últimos minutos de la villa son de solaz, de paseo pro sus calles, por sus alrededores, y también de un poco de nostalgia de aquel pasado que, tampoco es uno capaz de adivinar si fue mejor o peor para las gentes de a pie de este Almonacid cargado de recuerdos, donde fue boticario el poeta León Felipe y donde su propia historia se hizo piedra perdurable. Horas jamás perdidas, donde las tierras de Guadalajara comienzan a tomar un remoto color manchego.
(N.A. Enero, 1983)

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