martes, 13 de enero de 2009

BAIDES


El pueblo viene a caer no lejos del sitio en donde juntan sus aguas el río Salado y el joven Henares por tierras de Sigüenza. A Baides se llega pasada una hora de viaje desde la capital por una carretera difícil, visiblemente descuidada; por un camino al que las encinas, los enebros y los matorrales cortejan y engalanan abriéndose paso a la vera de un arroyuelo exangüe hasta las mismas puertas del pueblo, donde el aspecto exterior del terreno cambia en su totalidad.
Baides, situado en lugar de privilegio al lado de la vía, es un pueblo que antes vivió y ahora duerme a la sombra del ferrocarril.
-Sí señor, eso es verdad. El tren ha sido la vida de este pueblo. No hace tanto, había en la estación reserva de máqui­nas, placas para el cambio de dirección, carga y descarga, en fin, de todo. Hoy día esto es un apeadero sin importancia.
La señora Pepa está sentada en compañía de una vecina que vino de Madrid a la puerta de su casa en el Murallón. Con el agua lamiendo los cimientos de las viviendas cercanas, con la arboleda del humedal bajo la vía y el puentecillo de piedra sobre el Henares, el rincón donde tiene su casa la señora Pepa
es un pequeño paraíso en el que a uno no le importaría vivir a poco que le obligasen.
-Este rincón es precioso; pero si se sube usted a la vía, todo lo que hay detrás es más bonito aún.
-Pero tienen una mala compañía, ¿verdad? Por la noche...
-Ni nos enteramos. Tenemos el sueño hecho al ruido del tren, y no lo sentimos siquiera.
Por las aguas clarísimas suben y bajan a una velocidad endiablada los pececillos, que juegan como a esconderse entre la maleza.
-Aquí se está muy bien. Lo peor es que el pueblo está muerto. Había cantera, y fábrica de escayola que ahí la tiene usted, muerta como todo.
En un barecillo que hay apenas cruzar el puente, se ve demasiado trajín para lo que es costumbre en los pueblos pequeños a cualquier hora de un día laborable. No se interrum­pe la entrada de coches que llegan desde Madrid con hombres vestidos de domingo y señoras de chaquetón y abrigo de piel. El dueño del bar se llama Francisco Angona, es un señor atento al que le hubiera gustado atenderme más despacio, pero, las circunstancias mandan.
-Mire, también es mala suerte; tenemos una boda y andamos de cabeza; pero yo le cuento, siempre que sepa contárselo, todo lo que usted quiera.
-Pienso que no serán aquí frecuentes las bodas, ¿no?
-No, claro que no son frecuentes. Una al año, como mucho, pero toca hoy. Los novios no son de aquí. Es una chica que su familia se preparó aquí un chalé, y han preferido venirse a casar al pueblo.
-¿Queda mucha gente, aparte de los veraneantes?
-No; el censo debe andar por las 180 personas. en verano nos juntamos más de dos mil.
-¿Qué le dan ustedes a los veraneantes, para que acudan?
-Pues nada. Hay mucha caza, y buenas truchas en el Hena­res. en el término se da bien el conejo, la liebre, la perdiz, la codorniz, y algún que otro jabalí de cuando en cuando.
En Baides nació, allá por el año 1912 el novelista Ángel María de Lera. Una figura indiscutible de la narrativa actual, en cuyo pueblo, quizá por aquello de que nadie en su tierra es profeta, no vi nada que lo haga constar. Las gentes de Baides, según pude ver, vive un tanto al margen de los acontecimientos literarios, incluso de sus propios hijos, aunque estos hayan sido galardonados con premios tan estimables como el Planeta.
-¡Ah, sí! Es un señor que nació en la casa del Tío Guin­dón. Anda que, cuando vino, se armó un cisco que, yo no me ente­ré bien, pero debió ser bueno.
-¿Y, eso?
-Pues, que sé yo. Por lo visto vino una vez y se debió meter en la casa que dicen que había nacido sin pedir permiso, sin presentarse a nadie. Creo que hicieron fotos por todas partes, y puede imaginarse a los que vivían allí al ver todo aquello, cómo se pondrían.
-Pensarían que era un asalto, claro.
-A ver. Si él se identifica, ya le hubiéramos acompañado alguien y le hubiéramos recibido como se merece un hombre así. Pero, la cosa no debió quedar muy bien. Mire, se habló de dedicarle el Paseo de la Estación, y se hicieron las placas y todo, que en algún sitio deben estar guardadas; pero, la cosa es que ya no se ha vuelto a hablar de eso, y así estamos. No sé que pasará al final. A ese hombre le dio de mamar la madre de mi señora.
Baides es en su fisonomía un ángulo formado por el pueblo antiguo y la zona residencial, que vienen ambos a concurrir a la altura del puentecillo sobre el Henares. Entre uno y otra, el cerro del Castillo.
-Ese cerro está hueco por dentro.
-¿De verdad?
-Sí, hombre. Hay cuevas en las que nadie se atreve a entrar. Lo han intentado muchas veces, pero, que si se empaña­ban las linternas, que si unas cosas y otras, la gente siempre se ha tenido que volver sin llegar hasta el fondo. Ahora hay unos chicos que quieren probar otra vez.
El Paseo de la Estación es una carretera recta como una vela. En el Paseo de la Estación cubren carrera dos filas de árboles gigantescos y una cadena de hotelitos, muchos hoteli­tos con piscinas, jardines y gentes de punto en blanco. Los del Paseo de la Estación, que están para los efectos en su pueblo y el visitante no; que están invitados a la boda y el visitante no; que visten impecablemente y el visitante con el prosaico atuendo de un día de trabajo, miran desde lo alto de su pedestal al desconocido, que pasa sin meterse con nadie.
-Buenos días.
Las señoras tocan, y vuelven a tocar, otra y mil veces el vestido blanco de Elena, la novia, en un corrillo a la puerta del chalé. Luego hacen fotos a la muchacha, que sopor­ta todo aquello con cara de ángel, sosteniendo entre las manos un ramito natural de margaritas y de flores rojas.
El casco antiguo, que para todos los efectos viene a coincidir con el verdadero pueblo de Baides, se estira a lo largo de la calle Mayor que anda paralela a la vía del ferro­carril. Aparecen con frecuencia viviendas olvidadas, que acabarán, si Dios no lo remedia, por venirse abajo al pie mismo del cerro del Castillo. Tras un muro que limita en buena parte a la carretera a su paso por el pueblo, se eleva apreta­da la fronda de las huertas, entre las que se esconde, allá al final, el romántico palacete de la antigua casona de los Álvarez. A las doce en punto, por el barrio de la Iglesia, suenan los toques cascados de la campana avisando al pueblo para la boda. En una plazoleta de las afueras hay dos hombres partiendo con un serrucho ramas de chopo en trocitos menudos.
-Son para la estufa, ¿sabe?
-Ya me lo imagino. ¿Para ustedes no hay boda?
-No señor. Esas cosas ya no son para la gente mayor. Nosotros tenemos mal pelo. Pero, no se vaya a creer, que va casi todo el pueblo. ¿No se ha dado cuenta cómo están todas las calles de coches?
Ni el señor Pedro, ni el señor Francisco, ni la señora Soledad, los tres vecinos del barrio de la Iglesia, tendrían mucho que ver en la gran fiesta, que así de fácil había cam­biado por unas horas el tranquilo pasar de sus días en una mañana de flor de almendro, de murmullo de corriente en los regatos, de griterío confuso de chiquillos por las eras, de un incontenible bienestar allá por donde el Henares baja aún con traje de niño.

(N.A. Abril, 1981)

3 comentarios:

artrosiscadera dijo...

la señora Pepa que menciona usted en su escrito es mi abuela paterna

Jose Diaz dijo...

La señora Pepa nunca tuvo hijos...

Jose Diaz dijo...

La señora Pepa que se menciona en el relato nunca tuvo hijos...