miércoles, 11 de marzo de 2009

CUBILLEJO DE LA SIERRA


La mañana de otoño, bondadosa y dulce en otras latitudes, se vuelve agresiva en las faldas de la sagrada Sierra de Caldereros. El frío sorprende al viajero cuando deja el automóvil, y el día pare­ce que se esfuerza por abrir paso con el sol ya bien alzado por en cima de los campos y de los pueblos.
Cubillejo de la Sierra es, paradójicamente, un pueblo llano; extendido como un mosaico de casonas viejas y de modernos hotelitos entre los árboles, sirviendo de presentación a la extensa palma de cereal que los hábiles agricultores de Tortuera y de La Yunta con­vierten en mares de trigo cada mes de junio.
Una pista finísima de cemento, a modo de carretera de circunvala­ción inconclusa, me lleva a dar la vuelta al pueblo por la cara que limita con los montes. Cubillejo se resiste a despertar y lo va ha­ciendo, poco a poco, a medida que el sol le calienta la sangre. Algunas señoras mayores, vestidas de luto, me miran con extrañeza desde las esquinas dando vueltas como un sonámbulo. Al momento de­cido marchar por un caminillo estrecho, encajado de cercas, de paredones grises, de malezas y de zarzales, hacia las parideras de las Eras del Pino. Cuando llego cerca de donde están, en los perales de los huertos, un centenar de gorriones saltan en vuelo raso hacia los aleros más cercanos. Entonces sólo se oye, lejos aún, el son metálico de las esquilas de algún rebaño y el seco martilleo en las tejas del establo más próximo a la Peña del Gallo, en las mis­mas eras.
Sobre el tejado trajina en tareas de reparación Eleuterio Abad, un muchacho abierto y entendido, de trato cordial. Abajo está su padre, el señor Isidro, que se limita a ver y a escuchar lo que su hijo platica con el forastero.
- Pues esto, medio vacío lo encontrará usted. Gente poca. Así co­tizando a la Seguridad Social, unos dieciocho. Los demás son jubi­lados. Ahora estamos en el pueblo cuarenta y cinco vecinos.
- Tienen su ayuntamiento propio y todo.
- No; estamos fusionados a Molina, igual que el otro Cubillejo.
- Y la forma de vida, el campo.
- Sí. Aquí somos agricultores y un poco el ovino y los cerdos.
- ¿Tienen tan buen campo como Tortuera y La Yunta?
- En algunas zonas sí. Lo que nos mata es el monte, tierra mala. Es una ruina el plan del campo hoy día. Si el Gobierno no pone los medios, la agricultura de secano se hunde. Se va tirando, pero los años van muy malos y no sabemos qué hacer. El abono y la maquina­ria los han puesto a unos precios que no están a nuestro alcance.
- Los huertos también se ven un poco olvidados, ¿no?
- Qué remedio. No hay agua, se tienen que secar. En cada uno sue­le haber un pozo para regar a cubos, pero no hay nada que hacer. Cuatro hortalizas, y los demás abandonados.
Las ovejas se apelotonan balando aburridas en la explanada del aprisco. Más allá, tras el depósito de las aguas, la caída de la Peña se ve erizada de marojo, de espinos y de planchas oscuras de piedra que empiezan aquí y acabarán, cabe suponer, al otro lado del castillo de Zafra, en tierras de Campillo. Por el noreste las sie­rras de Aragón, allá por donde cae la laguna de Gallocanta y los montes de Daroca, donde Zaragoza se despeña en las cascadas del Mo­nasterio de Piedra con aguas castellanas.
En la plaza de Cubillejo de la Sierra aparecen ejemplares purísimos de la arquitectura señorial molinesa, soportando gallardamente el peso de los años y de la Historia sobre dinteles de piedra rodena, y adornadas con rejas de forja cuya solidez y artística es­tructura los siglos no han sido capaces de tachar.
- ¿Cuántos años cree usted que tendrán esas?
- No sé yo exactamente cuántos, pero de doscientos no baja.
- Y hechas a mano, ¡hay que ver! Pues lo que hay en la casa de la Guillerma es más bonito aún.
El abuelo Pedro andaba vagando su vejez delicada por las solanillas de su casa en la Plaza Mayor. Mientras me estaba hablando, el abuelo Pedro me miraba con la boina gacha, volcada sobre el lomo de la nariz como quitasol.
- Es que ando con úlcera en el estómago, ¿sabe usted?, y algunos días cuando llega el otoño lo paso muy mal. Hace unos años me ope­raron de próstata. Entonces sí que me dejaron como nuevo. Me operó don Feliciano Román en Guadalajara. A lo mejor ha oído hablar de él.
- Ya lo creo. Es un médico extraordinario y una gran persona.
- A mí me hizo un hombre. No crea que no me acuerdo de él. Cuando venía a verme a la habitaci6n, siempre me decía: ¿Dónde está el abuelo valiente? El abuelo valiente era yo.
De camino sin rumbo por las callejuelas de Cubillejo, salta al tres por dos ante la vista la sorpresa de un dintel esculpido con letras de molde, con cruces de Santiago, anagramas piadosos y fechas referentes a la última década del siglo diecisiete. Subo ahora por entre los huertos con d1rección al barrio de la Iglesia. La paz de la mañana se ve alterada en estos escondrijos de la vieja villa molinesa por un perru­cho que persigue a una gata pardipintada que termina por esconderse en el ventanuco de un rincón adornado con claveles y con florecillas de los muertos.
La iglesia de Cubillejo es de mampostería y sillar en las esqui­nas. Tiene un arco de acceso, quizás del dieciséis, bajo pórtico que sostiene una sola columna, dado que el ángulo de la fachada le sirve en otros puntos como sitio de apoyo. La espadaña queda al poniente, es de dos vanos y está cimentada sobre una risquera de dura arenisca. En una casa contigua se puede ver, medio borrada, una fecha escrita que nos coloca más de tres siglos allá en el hilo del tiempo: 1656, dice, junto a una cruz de Calatrava esculpida sobre la misma pie­dra.
- Dicen que es la casa más antigua del pueblo.
- Pues mire, ahí tiene la fecha bien visible. Yo he oído que aquí hay una torre más antigua que esta casa y que la iglesia. Con una leyenda muy interesante en la pared, ¿no les suena d6nde puede estar? Me parece que era la casa de los Ponce de León.
- Pues como no sea lo del palomar...
Era lo del palomar. Un torreón medieval, no muy alto, a modo de murallón que, por lo que me contó Isabelino, había servido después para criar palomas; ofrece al sorprendido visitante un escudo de armas y unos versos, perfectamente legibles, relativos a la entrada en la villa de los Ponce de León, hidalgos y guerreros que, durante a­quellos siglos oscuros y otros posteriores, habitaron el venerable caserón del cual aún queda como recuerdo, aparte de unos muros sin mayor interés, el escudo de la familia y el ingenio de ese poemita eternizado en la piedra sillar:

Salen a León los Ponces
sucesores de Roldán.
La hermana del rei les dan
por venir de enperadores.
Llamados de aquí leones
en Sevilla asentaron,
i dellos aquí pasaron
por bandos y disensiones
.

La letra menuda que bordea y llena el pie de la lápida, es a simple vista ilegible.
- Los que vienen por aquí dicen que todo esto les gusta.
- Ya lo creo.
- Aquel portillo de piedra es Martinsancho. La cumbre divide las aguas del Tajo que van para allá y las del Ebro que corren por esta parte.
Isabelino Establés y Antonio Jimeno, el alguacil, me ofrecie­ron la oportunidad de ver "aquella cosa tan bonita" que había en el portal de la señora Guillerma, de cuyas excelencias me había hablado, al poco de llegar, el “abuelo valiente", don Pedro Juberías Olmeda.
- Nosotros no sabemos si tendrá importancia o no, pero ha venido mucha gente a verlo.
Pues bien, lo que tiene la señora Guillerma, una viuda muy sim­pática que nos invitó a entrar en su portal, es un escudo de armas en azulejos antiquísimos con mucho arte. Consta de cuatro cuar­teles repletos de figuras heráldicas para las que nunca faltan apreciaciones y conjeturas carentes de cualquier atisbo de verdad.
- Mire, tiene animales y cabezas.
- Son cabezas de moros.
- Eso es, como si dijéramos, el escudo de los Vázquez. Yo soy Vázquez también, pero no se escribe igual. A lo mejor es de mis antepasados, ¿no le parece?
- Pues, pudiera ser.
- Una vez vino a verlo el señor embajador de Filipinas y se lo querían llevar. Yo dije que estaba mejor en su sitio. Así que, cuando hicimos la obra, lo cambiamos de pared pero lo he vuelto a poner en mi casa.
Me despedí luego de mis amigos tomando un algo en el teleclub o bar que hay en la plaza. Es obra, parece ser, del ayuntamiento; amplia, espaciosa, limpia y elegante, aprovechando el piso bajo de las escuelas. La señora Josefa nos sirve enseguida y me enseñan, para, concluir, los servicios higiénicos, limpios también y muy cu­riosos, y la consulta médica. Luego me encaminan desde el frontón hacia la carretera de La Yunta por una callejuela estrecha y des­carnada que baja directamente. En la fachada de su casona enreja­da medita al sol, con la boina volcada sobre el lomo de la nariz, mi amigo el abuelo Pedro. Le aviso con el claxon y se despierta sorprendido, como despistado; pienso que no me vio salir.

(N.A. Octubre, 1984)

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