domingo, 15 de marzo de 2009

EMBID


A Embid, allá en los rayanos con tierras de Zaragoza, se puede llegar directamente desde Cillas por la carretera de Tortuera, o dando la vuelta por La Yunta, obligándose de esta manera a pisar, durante unos minutos solamente caminos de Aragón. Yo lo hice de la última forma y debo asegurar que nunca me pesó. La distancia no es mucho mayor, y al final se llega con la impresión de haber ofre­cido rienda suelta a la condición aventurera que cada hom­bre solemos llevar dentro.
Cuando el viaje se hace así, apenas se ha vuelto a entrar en páramos guadalajareños, el visitante tiene ocasión de descansar plácidamente bajo los troncos viejos y retorcidos de unos olmos que, durante el buen tiempo, uno supone servirán de sombrilla a la antigua ermita de Santo Domingo de Silos, ya en término de Embid.
El pequeño santuario ocupa los bajos de un leve promontorio, por cuyas pedregosas cercanías se trazó en su momento la carretera comarcal que sigue hasta Daroca. No lejos de allí queda el cauce exangüe del río Piedra y una fortificación natural de rocas erosionadas que recuerdan, siempre guardando las distancias, las mágicas plazoletas, habitáculo de gnomos y de titanes, de la Ciu­dad Encantada en la Serranía de Cuenca.
La ermita de Santo Domingo es un lugar apacible para recordar. Uno siente verdadera devoción por estos sitios que nuestra "civi­lización" desechó y en cuyos centenarios sillares queda constancia de horas inolvidables, de emociones amarillentas por el paso del tiempo, de idilios, quien sabe, que comenzaron en lugares así y acabaron juntando dos vidas para siempre en tiempos de nuestros abuelos. En las dovelas más de tres veces centenarias de la ermi­ta, hay marcados con letras que el romero trabajó y pulió con es­mero, nombres de pueblos y de personas con fechas que son historia. Gentes llegadas aquí para honrar al Santo procedentes de Tortuera, de Cimballa, de Monterde..., y fechas que arrancan de 1770, pasan por 1884, hasta otras recientísimas de nuestra propia década. Allí hay un viejo reloj de sol señalado en la piedra, en medio de vivas y de vítores en honor del Santo taumaturgo, y cuatro paredones en­calados por donde corretean torpemente las pocas lagartijas que a estas alturas aún no optaron por el letargo, y avispas y moscardones zumbando junto a la puerta agostada por el sol como en un coral al milagroso veranillo de octubre.
Embid, a paso de automóvil, se dejará ver un poco más adelante tirado a secar sobre la cuesta de cara al mediodía. Encima de un leve alcor a la entrada, mirando a las casas de Embid, están los muros, las torres hundidas, las agujas enhiestas de piedra desgranada en lo que fue el castillo. Es la estampa en primera impre­sión de un valor evocador que emociona a quien, como el que ahora viene, la toma por sorpresa. Cuando el viajero a poco de llegar ha bebido el añejo elixir de estas soledades; se ha extasiado, en su ánimo al menos, de la impresionante quietud de los tesos; ha ensordecido con los gritos incontrolables de su silencio, entonces se da cuenta de que tomó las cosas con demasiado amor, que tal vez se marcho sin pensarlo más lejos de lo que debiera.
Me acabo de detener en la plaza a la sombra de la iglesia. El coche se refresca entre dos contrafuertes. Unos pasos más y alcanzo los murallones del castillo por esta parte que domina directa­mente el caserío. A la vuelta hay un viejo paseándose al sol por la senda de los peñascales. El abuelo se llama Nazario Martínez, ha subido con la ayuda de su garrota y tiene una edad que no represen­ta. Me lo cuenta él, muy satisfecho de que las cosas sean así.
- Pues noventa cumplidos, sí señor. Casi, casi, los mismos años que el castillo.
- Qué cosas, ¿verdad? Parece usted mucho más joven. Ya me gusta­ría llegar a su edad y poder subir al castillo.
- Me gusta subir aquí siempre que puedo. Hago ejercicio y tomo el sol. Esta parte de la torre subía más que el pico. Se ha ido cayen­do dos o tres veces en los inviernos, y más que se va a caer. Si se pone usted en la otra parte, desde allí se ve todo el pueblo.
El viento del poniente anima a ceñirse el jersey de lana y a su­birse hasta las orejas el cuello de la chaqueta. En el castillo, a­penas si se distinguen las formas cilíndricas de tres torreones, al­gunas saeteras, media docena de almenas y el muro puntiagudo de la torre del homenaje. En lo más alto de los paredones en ruina se ai­rean unas cuantas antenas de televisi6n.
- Es que, como esto queda más alto, dicen que se ve mejor.
Atrás, muy en la lejanía, los picachos dentados de la Sierra de Caldereros, y frente a nosotros, aquí al alcance de la mano, el pue­blo entero de Embid, no sé si sesteando o agónico en la solana, con la torre en espadaña de su iglesia en primer lugar, luciendo un ar­co del XVI que engola la entrada y una cúpula, por encima de lo que debe de ser el presbiterio, recortada en perfecto octógono. Alrededor, en los ejidos y más allá de extramuros, se ven macizos desgastados de tierra vieja, oteros grises en donde no hay vida, y una ermita ínfima, la de la Soledad, como a vista de pájaro.
Embid es de los pueblos que más han sufrido, durante siglos y siglos, los reveses de la Historia. Primero hasta su despoblación en el siglo XIV, debido a las luchas fronterizas entre castellanos y aragoneses; volviéndose a repoblar unos años más tarde por autorización expresa de Alfonso XI, fechada en 1331, a don Diego Ordóñez de Villaquirán, que fue quien construyó el castillo. Luego fue rehecho un siglo más tarde por don Juan Ruiz de los Quemadales, conocido en las crónicas de la época por el sobrenombre de “Caballero viejo". En 1698, el último de los Austrias, Carlos II, le concedió marquesado propio que vino a recaer en su noveno señor, don Diego de Molina.
Hasta la plaza baja con su perrillo herido don Emilio Refusta.
- No es nada. Le cayó una peña y lo dejó cojo, pero se va curan­do.
Me cuenta el hombre que lo que ahora es plaza fue antes un tre­mendo balsón donde se daba de beber a las caballerías. Cuando llo­vía un poco -me dice- aquello parecía un mar.
Las casonas señoriales, tan representativas por otra parte de estas latitudes molinesas, surgen con su honrosa vetustez por lugares insospe­chados. Sillarejo de hidalgos y piedra heráldica, bajo aleros que chorrearon aguas de dos o tres siglos sobre el suelo empedrado de Embid, esperando, cromo todo, el toque de clarín del último día.
- Son casas de las de antes; de gente importante, dicen. Luego a luego se irán cayendo porque nadie les hace caso.
En uno de los esquinazos traseros de la iglesia hay una fuente, tan pobretona y olvidada como moderna y desacorde con el sitio en que se les ocurrió emplazarla. La fuente tiene dos grifos de los de apretar, y una placa escrita con mucha más pomposidad que la causa que la motivó: "Año 1953. Fuente del Teniente General Abriat. Lograda merced a su beneficiosa actuación en pro de este pueblo, con la ayuda del Estado y Excma. Diputación Provincial. El vecindario de Embid, agradecido”.
Las calles en cuesta se resisten después de una comida sosegada y tranquila bajo los olmos de Santo Domingo. Los gallos plumirrojos cantan hasta desgañitarse previniendo al vecindario de la entrada del desconocido. A la sombra de un paredón, más arriba, pegado a las piedras, pasa la hora de la siesta don Guillermo Sánchez, otro ancia­no, más viejo aún que el abuelo Nazario, pero más torpe para caminar y mucho más para oír que el que dejamos en la solana del castillo.
A lo largo de la conversación, a grito limpio por mi parte con el riesgo de llamar la atención de la gente del pueblo, el Tío Guillermo me cuenta sin preguntarle cosas de su vida, de su juventud y de todo lo que se le ocurre, vengan o no vengan al caso.
- Noventa y tres años es lo que tengo y aquí estoy. Yo estuve ha­ciendo la mili en Tetuán con Franco. Éramos de la misma quinta. El era entonces teniente y yo soldado. No crea que estaba yo muy de a­cuerdo con todo lo que hacia, unas veces sí y otras no.
- Qué tiempos, ¿verdad usted?
- He visto muchas cosas, buenas y malas. La vida está ahora bastante peor que otras veces, y todo por culpa de los políticos, no lo olvide. Estudian cuatro años y ya tienen para vivir toda la vida; siempre fastidiando al más débil. Yo no soy político, ni me gusta la política.
- Ya me he dado cuenta.
- Cuando la cosa se les pone mal, entonces a matar si sale a pelo. No crea que les importa, mucho.
El Tío Guillermo, cuando llevamos un rato de conversación, desva­ría un poquito, cosa 1ógica a su edad. Otras veces se contradice, pero, de lo que no hay duda, es de que disfruta si le sale al encuentro alguien que le quiere escuchar, y con el viajero ha tenido suerte.
- Bueno, pues nada, ya sabe donde tiene un amigo. Que la vida le trate bien y ya sabe donde nos deja.
Y allí se quedó, sí; meditando a la sombra del paredón en esa profunda soledad de los ancianos que llevan, como mi amigo el Tío Guillermo, un mundo maravilloso dentro de sí mismos, del que no se les puede ni se les debe sacar.
En lo más alto, los pajares y las maquinarias comparten su silen­cio bajo el sol de otoño. No se ve ni se oye a nadie. Es el soniquete que hace iguales a todos los pueblos menudos de la pro­vincia en un día cualquiera, más o menos alejado de la época estival en que se desfiguran temporalmente. Embid, a diferencia de otros, cuenta con el carisma de lo lejano, cuya memoria se hace perdura­ble y resulta fácil de localizar en el espeso bosque de los recuerdos gratos.

(N.A. Noviembre, 1984)

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