sábado, 4 de abril de 2009

GALÁPAGOS


Cualquier mañana fresca, luminosa, apacible, de otoño avanzado en la Campiña, puede ser una buena oportunidad para dejarse caer de costadillo en Galápagos. A la altura del puente inservible del camino, gusta contemplar cómo las primeras manifestaciones de la aún lejana cosecha, a la que favorecieron las últimas lluvias, se asoman a la luz en tallitos minúsculos que ligeramente tiñen de verdín la superficie oscura del terreno. Galápagos es un pueblo afortunado al que desde sus inmediaciones aínas se le ve. Se oculta coquetón entre la espesura de los árboles a la margen derecha del río Torote, junto a la desemboca­dura del Cañeque, a un tiro de piedra desde las primeras casas. Las calles de una pequeña zona de hotelitos que haya la entrada tienen nombre de letras, igual que los sillones de los académicos en la Real de la Lengua. Pasa a media mañana por la plaza, por la elegante plaza de Galápagos, un cazador con un conejillo gris en las manos y una paloma blanca colgando de la canana.
La Plaza Mayor de Galápagos, en su configuración actual, pone de manifiesto el gusto exquisito de los vecinos y es una hermosa lección de ciyismo y de cariño al pueblo que bien vale la pena destacar. Hay una pista rectangular de loseta y de guijarro menudo en el centro, bordeada con piedra de granito, a la que envuelve alrededor el césped, los rosales y el arbolado incipiente en rica variedad. Dos bancos pintados de verde a cada lado de la pista central y cuatro farolas, una en cada esquina, completan la ornamentación total de la plaza. Como fondo, el viejo palacio del XVI sumido en la penuria del abandono, y, como tal, en perfecto desacuerdo con todo lo demás.
-¿Y este palacio?
-Pues mire: parece ser que era de los condes de Pie de Concha, emparentados, según oídas, con los reyes de Inglaterra. Ahora, el dueño es un señor de dinero que lo compró y casi nunca aparece por aquí. Estaba don Manuel, cuando yo llegué, al sol en uno de los ángulos de la plaza junto a la fachada del palacio. Don Manuel García Moreno es un hombre de mediana edad en el que Galápagos sigue confiando como primera autoridad desde hace casi diez años. Es un hombre de trato abierto y amigable que me acompañó a todas partes
-Debe de ser usted un alcalde satisfecho. El pueblo está muy bien.
-Hombre, se van haciendo cosas. Las calles, que son siempre lo que más favorece al pueblo, están arregladas casi todas. Nos faltarán seis u ocho nada más.
-¿Cuántos son ahora en Galápagos?
-Pocos. De hecho, no seremos más de 210 personas. Luego, con el conque de los chalets, nos viene más gente. En verano, esto se pone a tope.
Nos fuimos a dar una vueltecilla hasta la iglesia, en las afueras del pueblo, por el camino de Usanos.
-Pues dice usted; el pueblo desde donde es hermoso de verdad es desde allá arriba, desde la cruz del cerro de la Talayuela.
La parroquia de Galápagos está dedicada, según reza en un azulejo de la entrada, a la Cátedra de San Pedro en Antioquía. El templo es una joya arquitectónica levantada, igual que el palacio, en piedra y la­drillo visto, posiblemente en la misma época. Tiene un pórtico orien­tado a la solana con seis arcos que se alzan sobre columnatas de piedra y artísticos capiteles. Pero lo más llamativo y singular de todo el edi­ficio será tal vez su artesonado interior, el coro y, desde luego, las dos rinconeras arabescas en madera perfectamente conservada y haciendo un solo conjunto con el riquísimo encuadre de los techos.
-¿Qué le parece el órgano?
-Estupendo. ¿Pero lo usan?
- ¡Qué va! Ahí está, pero no hay quien lo toque.
En una de las capillas laterales está la Virgen del Campo, en torno a cuya imagen hay toda una tradición sobre el por qué se conserva y se venera allí y no en Fuentelahiguera, que, al parecer, tienen el mismo derecho. Por el suelo de la iglesia de Galápagos se ven algunos ente­rramientos con lápidas e inscripciones del XVI y posteriores.
En la plaza pasa el rato al sol don Agapito Puebla, alguacil que fue de aquel Ayuntamiento durante media vida.
-Media vida, no; pero casi. Veintiséis años. Hasta que me jubilé.
-¿Por qué han caído las fiestas de Santa Agueda, señor Agapito? -Han caído porque somos la mitad que antes. Ahora, la gente quiere que se lo den todo hecho, en el morro. Buen camino llevamos, sí.
-¿No piensa usted que ahora la gente se divierte menos?
-No. Ahora se divierten más. Eso dicen ellos. Fíjese usted aquellas rondas, que llegabas a cantar a una ventana, y una copilla, y otra ronda, y otro trago. Aquello no se pagaba con nada.
Por las praderas del Soto, entre los álamos, está la vieja fuente de la que Galápagos se sirvió durante muchos años, siglos quizás. Hoy es un bello y romántico lugar al que rodean las sombras y las hojas secas, monorrítmico y silencioso, donde solo se escucha el rumor ince­sante de un agua riquísima que, para mal suyo, no beberá nadie.
-Lo malo de esto es que la gente no lo cuide. Aquí se vienen de merienda, pasan la tarde, y eso lo veo bien; pero fíjese cómo está el suelo de botes y de plásticos. Eso no puede ser.
-En Galápagos la gente vive bien, ¿no?
-Sí; aquí la gente trabaja y vive bien. Hay unos treinta tractores para el campo, y ganadería también tenemos bastante.
-¿Qué clase de ganado es el que más abunda?
-El que más abunda son las gallinas, que habrá cerca de 35.000. Luego, 1.500 ovejas, unas 70 vacas de leche y, quizás, más de 200 cerdos. Siempre acompañado de don Manuel, el alcalde, regresamos al pue­blo. Al hilo del medio día apetece tomar alguna cosa en el bar de Sa­turnino, en cualquiera de los dos. El bar de Saturnino Pérez me pareció más elegante, tiene otra traza distinta con aires de restaurante y real­mente lo es. El de Saturnino Moreno queda más al alcance, más po­pular, está en la plaza y es a la vez despacho de pan. El primero ex­tiende su fama hasta la capital de España como centro reconocido del buen comer. El secreto parece estar en las manos y las innatas habilidades gastronómicas de su dueña.
-¿No es así, señora Eufemia?
-Pues mire: una hace lo que sabe. Lo que sí es cierto es que aquí viene gente desconocida de Madrid a celebrar bodas, bautizos, comu­niones, y otros simplemente a comer; aposta, claro.
-¿Qué le suelen pedir los clientes de fuera?
- Me piden mucho la paella, las patatas con conejo y el asado.
-A su fama le acompañarán también buenos precios, ¿no?
-Sí. Como aquí lo trabajamos sólo los de la familia, no tenemos que pagar a nadie de fuera, y se puede también hacer un buen precio. Galápagos, uno más de los muchos pueblos que el visitante desco­nocía, es sin duda de los que dejan más fuerte huella en el recuerdo. A veinte kilómetros escasos de la capital, en uno de los más umbrosos y escogidos lugares de la Campiña, sigue fiel a su tradición laboriosa y honesta al amparo de un campo generoso, de una nobleza consustan­cial con su gente y hasta es posible que con algún encanto tan personal que, cuando uno llega de fuera, nunca se explica.

(N.A. Diciembre, 1980)

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