miércoles, 29 de abril de 2009

HUEVA


El día que llegué a Hueva no era la Alcarria ese paraíso de aromas y transparencias, de claridades y ensueños que los de estas latitudes estamos acostumbrados a ver. Excepcionalmente, bajo el influjo me­teorológico de la tarde, la Alcarria era distinta, desconocida. La carre­tera de Pastrana y los campos por donde se va abriendo paso despe­dían fuego. Fuego del asfalto, de los rastrojos rasurados al sol, de las encinas y de los matorrales; fuego del aire que se colaba de un lado a otro por las ventanillas del coche entre las irregularidades continuas del camino. .
El pueblo, que, sorprendentemente, es más de lo que desde abajo aparece, se asienta al pie del Cerro Carrayano, bordeando de cerca la carretera a ocho kilómetros escasos de la Villa Ducal. En la plaza de Hueva corre a esas horas un vientecillo fogoso que apenas logra mover las hojas de las acacias. Es una plaza cuadrada, de buenas proporcio­nes, cuyo frontal ocupa el edificio soportalado de su ayuntamiento; y en el centro, como valiosa reliquia en piedra de otros tiempos, la es­tampa tétrica de la picota. Una perra negra se acerca con la lengua fuera camino de la fuente, se refresca bajo el chorro del pilón y se marcha calle arriba, buscando la tranquila sombra de unos corrales.
Desde un pequeño mirador que hay a la altura de la carpintería en la calle del Tropiezo, se ve abajo, recubierto en parte por un tapiz de yedra fresca, lo que muy bien pudiera ser un palacete o una casona con cierto aire señorial. La preceden una pareja de cipreses y está, al parecer, cerrada sin muestra alguna de vida a su alrededor.
-¿De quién es esta casa?
-Eso es de los condes de Zanoni.
-¿Suelen venir con frecuencia?
-Sí vienen, sí. La señora viene mucho. Pues ya ve; son unas per­sonas que con el pueblo no se portan mal, pero yo creo que hay veces que no les sabemos corresponder.
Juan Mariano Sánchez, que casualmente pasaba por allí camino del trabajo, fue la primera persona con quien tuve ocasión de hablar en Hueva. Luego, los temas se fueron sucediendo, pero ante la premura de la fecha, la conversación se torció por las fiestas de septiembre.
-Aquí se celebra el Cristo el día 14, y con la cosa de los toros esto se llena de gente. Los pueblos de la contorna se vienen aquí y se pasa muy bien. Al final, los dos o tres bichos que se torean nos los comemos en la plaza.
-¿De qué se vive en Hueva?
-Del campo. Aquí se vive del campo y de los cuatro atajos de ga­nado que quedan. Industrias no hay más que esta ebanistería y nada más. El campo no es muy bueno, pero si nos hicieran la concentración parcelaria se le sacaría mucho más con menos trabajo.
-Pero no es de los peores pueblos de la zona, ¿verdad?
-Hombre, aquí se está bien. Aunque no crea; que cada día nos van faltando más cosas. Este año, por ejemplo, nos hemos quedado sin es­cuela. Los chicos se llevan a Pastrana, y eso sabe usted que para un pueblo es malo, aunque reconocemos que tiene que ser así.
En la carpintería trabaja en solitario Pedro Pascual, un hombre joven que conoce su oficio. La carpintería de Hueva tiene dos plantas: el taller, que ocupa la parte baja, y el almacén de material y trabajos acabados, que queda en el primer piso.
-¿Lleva usted sólo todo esto?
-No. Lo llevamos entre dos. El otro es Julián, que no tardará en venir.
-¿Qué trabajos suelen hacer normalmente?
-Aquí hacemos de todo. Dormitorios hemos hecho muchos, pero ahora nos dedicamos más a mesitas auxiliares y muebles finos de pe­queño tamaño. Las mesitas son plegables y las hacemos en juegos por­tátiles de cuatro piezas. Hace poco se llevaron cincuenta juegos, y algu­nos para exportadores.
Llegó Julián. Julián Serrano es, además de ebanista, alcalde de Hue­va. Julián es un muchacho amable, de buena voluntad, a quien le ha caído sobre la espalda todo el peso y las responsabilidades de un pueblo cargado de problemas.
-Sí, sí. En este pueblo, problemas los que usted quiera, y todos de dinero. Mire: primero, para restaurar la iglesia, que es una necesidad urgente en un pueblo muy religioso, que vio, con desesperación en mu­chos casos, cómo se consumía todo bajo las llamas. Después hay que poner otro alumbrado público, pues, como usted puede ver, los alam­bres se caen por todas partes; y luego, el agua, porque el depósito que tenemos es pequeño y este verano lo estamos pasando muy mal.
-Médico tampoco tienen, ¿verdad?
-Pues mire: hasta ahora hemos estado muy bien asistidos por don Celestino, un médico de Pastrana que nos ha estado atendiendo du­rante más de treinta años. Por cierto, que queremos hacerle un home­naje de gratitud ya él no le hemos dicho todavía nada. Ya se ha jubi­lado por la edad, pero aquí se le quiere mucho.
Sentado a la sombra, en un poyo de la plaza, está el alguacil del pueblo, hombre de edad avanzada que debe haber gastado su vida en el arte del pregón y otros servicios municipales.
-Pues no, señor. Se equivoca usted. Sólo llevo de alguacil seis años, para que vea. Yo he sido pastor, yesero, muletero, cortador de leña y, menos ladrón, de todo. Ahora, pregonero.
-¿Cuántos años tiene usted?
-Tengo ochenta y dos años y le echo a usted un pregón ahora mismo para que vea cómo hacemos las cosas los de Hueva.
-¿Cuáles son los pregones que más le gustan?
-Los que más me gustan son los que dejan más propina.
-¿Cuánto cobra usted por un pregón?
-Pues mire: cobro diez duros; cinco, por el pregón, y cinco, por el puesto.
-¿Cómo se llama?
-José Serrano.
-No. Digo que cómo se llama usted.
-Ya se lo he dicho. Me llamo José Serrano. ¿Es que no le gusta?
-Claro que me gusta. Es que yo también me llamo así.
-¡Arrea! ¿No será usted hijo de mi tío Loreto?
-Pues no. Yo no sé quién era su tío Loreto ni lo he visto nunca.
-El tío Loreto se fue de aquí hace muchos años y no ha vuelto más. Nadie sabemos dónde estará ni qué habrá sido de él.
Hablando en la plaza con don José Serrano, el alguacil de Hueva, llegó por allí don José María Reyes, cura de Escariche y encargado de aquella feligresía. La ocasión fue oportuna para ver lo que quedó de la iglesia después del siniestro. La iglesia parroquial ofrece hoy un espectáculo triste, desolador. Montones de cenizas, hojalatas, chapas retorcidas y pequeñas partículas de madera quemada son hoy el todo de lo que fuera su retablo mayor. El resto, retostado por el calor del incendio y negro, como las viejas cuevas de mendigos transeúntes.
-Ha desaparecido todo el retablo, el altar mayor, los dos cuadros laterales y la imagen de la patrona, Nuestra Señora de la Zarza. Los retablos laterales, las demás imágenes y el resto de la iglesia se han afectado por el humo y las altas temperaturas que produjo el incendio.
-¿Y cómo fue?
-Eso nadie lo sabe. Debió de ser a las dos de la tarde del día 2 de junio. Una chica vio salir humo por una de las ventanas, se puso a gritar, subió en seguida la gente con cubos de agua y todo lo que bue­namente pudieron, se produjo una situación trágica entre los vecinos con casos de verdadero histerismo, luego vinieron los bomberos y esto es lo que se pudo salvar. Las causas -cada cual opina lo que le pa­rece- no se saben. Yo, personalmente, descarto que fuera un corto­circuito, ni pienso tampoco que a esas horas del día fuera provocado.
-¿Hay algo en concreto sobre una futura restauración?
-Sí. La gente se lo ha tomado muy en serio, tanto en el pueblo como fuera de él; y aunque en este momento no tengamos todo lo que se necesita, ni siquiera sepamos con exactitud lo que queremos hacer, yo creo que las obras de restauración comenzarán pronto, pero sin estar terminado para el próximo invierno, que sería lo ideal.
Desde el pretil de la iglesia se cuecen con la canícula de la tarde los huertos que siguen arroyo abajo entre los olmos de la veguilla. No pasa nadie a esas horas por la carretera, que continúa haciendo curvas camino de Pastrana. Encajado entre dos cerros que le resguardan de casi todos los vientos, queda allí Hueva, simpático, acogedor, preocu­pado, con buenas ganas de ocupar su puesto en el conjunto municipal de la provincia.

(N.A. Agosto, 1980)

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