sábado, 29 de agosto de 2009

PERALEJOS DE LAS TRUCHAS


La increíble variedad de esta tierra nuestra, que, más por espe­cial privilegio que por obligación, uno tiene el placer de paladear cada semana, toma por aquellas latitudes del Alto Tajo caracteres auténticos de irrealidad, de dulce quimera, de sueño imposible arrullado entre el pinar y el arroyo a la sombra de los últimos riscos de la Serranía de Cuenca.
Desde Terzaga se llega por una carretera serrana, muy difícil, que atraviesan antes de concluir nuestro viaje, en un lugar recóndito y pintoresco, las aguas del Cabrillas. Luego, al cabo de un rato, nos encontraremos con un rebaño de ovejas que pace en los verdizales de la hoya, con una mujer que lleva un cesto de hierba sobre la cabeza, y, en seguida, el pueblo.
A mitad de mañana pesa el sol sobre la cazuela natural en cuyo fondo se asienta Peralejos. No corre el aire. Las viejas casonas solar están adormiladas bajo el oscuro quitasol de sus aleros. En las calles se respira una atmósfera limpia, saludable, entrecortada a intervalos por vaharadas resinosas que llegan desde el pinar o por un remoto olor a sirle que baja desde el barrio del Cerrillo.
Es el nuestro un pueblo de verano, o turístico, como dicen los que aquí viven. Durante las primeras horas del fin de semana Pera­lejos ha comenzado a llenarse con gentes que vienen de fuera. Jovencitas veraneantes y chiquillos en pantalón corto encontraron aposen­to para esperar sentados en la acera, bajo una reja de forja carga­da de años. La Plaza de la Fuente está solitaria, no se oye nada ni se ve nadie, sólo el murmullo de los cuatro caños y el rebullir de los gorriones y de los tordos en la veleta.
Desde cualquier lugar de Peralejos donde te sitúes se ven, amu­rallando al pueblo desde lo alto, los pedruscos desgastados de la Muela de Utiel, encima de una colina que se prolonga hasta despeñar­se violentamente por los cortes rocosos de Zaballos y de la Vieja, más hacia las puestas del sol, en las inmediaciones del Tajo.
- Aquello sí que es bonito; bonito de verdad. En cuanto viene el buen tiempo, todo el mundo se baja al río. A pescar y a lo que quie­ren. Algunos, nada más bajan por bajar.
- ¿Cómo se llama esta plaza?
- Pues a ésta le decimos la plaza. No tiene nombre. Se le puede decir la Plaza Mayor. Las otras dos son la Plaza de la Taberna y la de la Fuente. En la de la Taberna había en tiempos una placa que ponía "Plaza de Isabel II" pero la quitaron hace muchos años, yo me acuerdo bien.
Mi interlocutor se llama Amador Hermosilla. Es un hombre mayor, serio, enjuto y muy amable. Don Amador pasa muchas horas del día sentado en la plaza, de cara o de espaldas al cerro de la Muela, apoyado en el viejo bastón, compañero inseparable de su ancianidad.
- Pues sí; depende de donde venga la sombra. Cuando se va de aquí me cambio al otro poyo de enfrente.
- Oiga: ¿De quién es esta casona?
- Esta es la casa de los Arauces. Era la familia más importante de Peralejos. Estos señores tenían muchas fincas, y ganao, y reses bravas. Tenían mucho de todo, pero ya no queda aquí ninguno. Para que usted se entienda, éstos son primos de los Arauces de Molina.
- ¡Ah, claro! ¿Y aquellos riscos de allá abajo?
- Todo aquello es lo del río. El alto de los pinos es ya de Cuenca, de la parte de Beteta. El Tajo divide por allí las dos provincias.
- ¿Tienen mucho trato con la gente de Cuenca por esa parte?
- Ninguno. ¿Cómo vamos a tener, si estamos sin comunicación? Es lo peor que hay en este pueblo, la comunicación. No ve que la ca­rretera muere aquí, pues nada. Y no crea que tenemos muchas espe­ranzas de que hagan el tramo hasta Beteta, no. Para desplazarse hasta Madrid, fíjese si sería una ventaja.
- ¿Sigue habiendo truchas en el Tajo?
- Algunas traen. Antes, aquello era la plaga de truchas, ahora, es la plaga de gente. Aquí vienen unos madrileños que no fallan cada fin de semana, pero esos vienen más bien a escalar las pie­dras, igual que las cabras. Qué gustos ¿verdad usted?
En la Plaza Mayor, como en la Plaza de la Taberna, lucen su añe­jo señorío las casonas de las grandes familias peralejanas: la ya referida de los Arauz, la de los Sanz, la de los Jiménez en la ca­lle que dicen de la Cañada, y viejas mansiones sin definir, muchas de ellas adornadas con galerías de madera que las aguas y el sol de tantos años fueron convirtiendo en despojo del arte po­pular serrano, y hoy son un juego moribundo de palitroques, patinado con el gris de la nostalgia, de la vejez y del olvido.
- El terreno es pobre, qué quiere que le diga. Nos hemos tenido que hacer al poco campo, al ganao, al huertecillo y a los jornales. Algo se hace ahora también con la cosa del turismo, pero es poco tiempo, para el caso cuatro meses de verano.
Hasta el poyo de la plaza llega a nosotros el sonido es­tridente de un tocadiscos en el bar de Cardona. Marina está pasan­do a media mañana la gamuza empapada por el suelo del bar. Acepta el señor Hermosilla acompañarme al mostrador para tomar un refresco .
A Marina le extraña que el viajero haya llegado al pueblo sin más ni más, sin idea de quedarse a pasar la noche, sin intención si­quiera de bajar hasta el Tajo.
- Pues es como si no hubiera venido a Peralejos. Aquí, todo el que viene es -cómo le diría yo- así en plan de turista, o de mon­tañero, o de camping, o a pescar si le gusta.
- ¿Hay mas bares en el pueblo?
- Aun hay otros tres más, pero, no es porque lo diga yo, a éste será al que más viene la gente. Fue taberna desde hace muchos años, es el más antiguo del pueblo, y, como coge aquí en la plaza...
- ¿Da el turismo para todos?
- En algunas épocas, sí. Aparte de los bares hay también cuatro pensiones. Pues, para que vea, en algunos fines de semana la gente no encuentra sitio en todo el pueblo para dormir. De Madrid, sobre todo, hay fechas señaladas en que se desplazan una barbaridad, y luego, los que vienen en plan de camping.
En Peralejos de las Truchas se celebran cada 21 de septiembre las fiestas patronales en honor de San Mateo, y ahora, en agosto, las de la Virgen de Ribagorda. La Virgen de Ribagorda, cuenta la tradición, que fue hallada en un altar perdido en el fondo de una cueva, a cuyos pies yacía el cadáver de un guerrero y ermitaño me­dieval llamado Ruy Gómez, quien, al parecer, había salvado la milagrosa imagen de las garras de la morisma infiel.
El barrio del Cerrillo es el barrio ganadero de Peralejos. Un muchacho prepara a la sombra de su casa los arreos de pesca para el día siguiente. El capazo de mimbre no muestra señal alguna de haberle servido para algo.
- Nada. Hoy, ni una. Como baja el agua turbia, no pican.
- ¿Qué les pones?
- A lo que más entran es a la cucharilla, y a la mosca. Cuando el río baja bien, aún se sacan algunas piezas buenas.
Peralejos se te pone a los pies desde el leve altozano del Cal­vario, más allá del barrio del Cerrillo. Es difícil conjuntar en un todo exclusivo la tranquilidad del momento con aquella soberbia explosión del paisaje que, desde el mirador en que nos encontramos, la naturaleza nos ha colocado delante de los ojos gratuita­mente. Al pie de la Muela los huertos y la espesura verde de las arboledas, por entre cuya fronda se asoman los muros albos de alguna casa de campo; los aparatosos tajos del roquedal que bordean al río, nítidos, a pesar de la distancia; el ligero vientecillo del poniente que ondea las ropas tendidas al sol en las últimas casas; el canto del cuclillo, el cacareo de las gallinas, el sonar lejano de las esquilas en las parideras extramuros, son como un apoteosis de bienestar y de paz en contra de la vida de fuera, de la vida que los hombres, sólo los hombres al margen de toda ley, dominan y manejan a su antojo hasta hacerla no apta para la convivencia.
En la fuente de la plaza los chiquillos beben agua en una pos­tura atrevida y cómica, dejándose caer sobre la pilastra por donde sale el chorro del agua de la sierra. Florentino, el cartero, pasa de largo repartiendo un manojo de periódicos y de cartas de casa en casa. Florentino se salta muchas, a veces calles enteras sin mirar; son viviendas donde no vive nadie, las casas de tempora­da que comienzan a despertar de su letargo en las puertas del verano. Al final del viaje, días después de todo aquello, aún per­manece en el ánimo del visitante el recuerdo preciso de sus horas en Peralejos, de las que en estas líneas sólo ha pretendido dar fe, antes que la fantasía o el olvido comiencen a desfigurar la verdad, toda la verdad de aquel viaje memorable.

(N.A. Julio, 1982)

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