lunes, 5 de octubre de 2009

RIBARREDONDA


Ribarredonda, escueto y chiquitín, con todas las prerrogativas habidas y por haber para ser un pueblo dejado por lo menos de las ma­nos de los hombres, se asienta como inexcusable pretexto al pie de un cerro puntiagudo que los nativos de la zona re­conocen por El Cabezo. Lo rodean tierras oscuras de barbecho y de rastrojo en doble añada, un poco perdido el tren de los actuales sis­temas por cuanto que las tierras de labor, de hace años y en cual­quier parte, se explotan sin miramientos hectárea por hectárea.
El recortado burguillo preserrano, pese a encontrarse apartado por su situación de los caminos de mayor o menor tránsito, es en apariencia lugar hostil y de pocas sombras como para llevar con cierto agra­do los riesgos estivales de las últimas fechas. Uno piensa que, si Dios no lo remedia, cuando se mueran los pocos olmos que hay a la entrada, Ribarredonda se va a quedar sin más árboles que las dos aca­cias que crecen en el atrio y algún frutal canijo de los que malamen­te se desenvuelven entre el yerbazal de los huertos por donde está la er­mita. Por lo demás, colinas mondas de sabinilla y chaparros alrededor, y en las casas una docena de personas honradas que lo merecen todo, pero que, ciertamente, hoy por hoy carecen de lo más imprescindible.
- Mire, dígalo usted bien claro para que se enteren los que se ten­gan que enterar. Que nos pongan un teléfono, sea como sea, y un coche en el pueblo por si a alguno nos pasa algo y tuviéramos que salir de noche.
- No se preocupen. Yo no puedo hacer otra cosa que contarlo, y les aseguro que lo haré. A veces me hacen caso.
- Diga usted que es vergonzoso que a finales del siglo XX andemos así. No tenemos padrinos y así estamos.
La tarde va de caída y al rato de andar por Ribarredonda solamen­te veo a dos hombres trabajando en una obra por enfrente del campana­rio. Los albañiles me han dicho que el pueblo está mal, que la mitad de las casas se han hundido y que la próxima en caer será la iglesia. Los albañiles -padre e hijo deben de ser- vinieron de Esplegares.
- ¿Qué le pareció la iglesia?
- Muy mal. Me da mucha pena.
- Decían que la iban a retejar, pero no hay perras.
- Yo creo también que no hay perras -le digo-, ni- gente, ni demasia­da voluntad por hacer las cosas, y eso no es bueno. Muchos pueblos se van muriendo de desidia. Nos tendremos que acostumbrar aunque cueste trabajo.
Las calles deshabitadas por las que ahora voy están plagadas de hierba, de mucha hierba. De vez en cuando veo cómo las cardenchas y las ortigas crecen entre los escombros de algún corral en ruinas. Una vez dentro del pueblo las casas se ven mejor cuidadas, con fachadas lustrosas algunas de ellas y revocadas con cemento color ocre. A cua­tro pasos, solitaria y muy pequeña, la plaza del pueblo. La plaza tie­ne un olmo en el centro, un olmo de tronco grueso y copa recortada con hojas pálidas que preludian la enfermedad. Dos ancianas me miran atentas desde la sombra de un zaguán detrás de la puerta. Una de las ancianas juega la aguja del ganchillo sobre el halda, trabajando en el envoltorio de calados con hilo blanco.
- Pues ya tengo ochenta y cinco años, no crea usted, y aún veo ha­cer ganchillo. Me llamo Vicenta.
- Y qué bien lo trabaja, además. Una colcha para la hija.
- No señor, es para una nieta. Cuando le hemos visto la Antonia y yo, creíamos que era usted el de la luz.
- Pues no señora, no soy el de la luz. Se ve todo esto un poco muerto ¿verdad? - Muy muerto. Aquí ya no hay nada, ni hacemos fiesta ni nada.
- ¿Y eso?
- No sabemos. Antes era el Cristo, el 14 de septiembre, pero ya no hay nada porque no queda gente.
- Bueno, pero dentro de lo malo, a ustedes casi les dará igual. Co­mo ya no les tirará el baile ni esas cosas...
- No señor, a nosotras lo que nos gusta es que nos dejen tranquilas y en paz. Aquí vivimos todos muy; tranquilos, ya lo ve usted.
Más abajo me encuentro reunidos a casi la totalidad del vecinda­rio jugando a las cartas. Juegan al tute perrero con una baraja muy gastada y pagan a duro. Uno admira la capacidad de aguante en la gen­te de los pueblos por lo que se refiere a las muchas horas que son capaces de resistir manejando el naipe, soportando la tensión de las jugadas, llevando la cuenta.
- Nosotros, ahora en este tiempo, una tarde con otra salimos a cua­tro o cinco horas de partida diaria.
- ¿Y no se agotan?
No dirá. Muchas veces se nos pasa la tarde sin enterarnos.
- ¿Adonde emigró la gente de Ribarredonda?
- De aquí se fueron a muchos sitios. En Guadalajara mismamente hay más de cuarenta de ellos, y me quedo corto.
Los hombres que componen la simpática tertulia callejera se lla­man Jacinto, Aquilino y Cosme. Las mujeres son Agustina, Donata, y la abuela Alfonsa que es la mayor, tiene noventa y dos años cumplidos. Casi todos son Frailes y Garcías de apellido.
- En invierno, algunos de nosotros nos marchamos también. En ese tiempo se queda el pueblo casi vacío. No nos podemos aventurar a que­darnos aquí, sin un mal coche, ni teléfono, ni nada. Lo mejor de este pueblo es lo sano que está. Aquí no hay problema de contaminación ni de humo de los motores.
Dejo momentáneamente a mis seis amigos de la partida de cartas en tanto que me acerco a beber al caño de la fuente pública, construida según consta en 1912. La fuente está custodiada por las abejas y las avispas que acuden a beber a los resudados del borde y al inevitable barrillo de los suelos. En el desagüe, al otro lado del camino, hay un lavadero pequeño que todavía se usa.
La ermita de la Soledad está junto a la fuente, debajo de los pa­jares que aún se conservan en la Cuesta de las Eras. La ermita tiene planta cuadrada y una superficie aprovechable interior que en ningún caso debe sobrepasar los doce metros cuadrados. Creo que es la ermita más pequeña que conozco.
Por los callejones de frente a los huertos tampoco se ve un alma. Una gata pardipintada, muy ágil, se salta la tapia de un corral por encima de los ciruelos cuando me descubre. En los rinconcillos solita­rios de las casas hay plantadas caléndulas, alhelíes, botones de oro y malvas reales con flores blancas y de color carmesí. La quietud del campo cercano y de las casas me lleva otra vez al corro donde los hombres del pueblo, Jacinto, Aquilino y Cosme, continúan sin parar su partida de tute.
- Le podemos enseñar la iglesia si quiere usted. Es una lástima como está –me advierte la señora Venancia, que es la cuarta mujer que se incorpora al corro.
Hecho el consabido requisito de buscar la llave, dos o tres seño­ras me acompañan por las callejuelas extramuros a visitar la igle­sia. Las mujeres me cuentan los problemas y problemill1as del pueblo sin parar, como si uno tuviera en sus manos la posibilidad de resol­verlos con un simple decir sí. Se ve que están dolidas e indigna­das por tanto abandono, y no les falta razón para estarlo.
- Mire si tendremos mala sombra que hasta una chispa nos tiró la cruz de la torre. Cuando acabó la guerra, todo el mundo se puso a dar jornales gratuitamente para recomponerla, y ya ve usted cómo la tene­mos otra vez. Ahora, yo creo que se nos hunde, y no muy tarde.
Pasado el arco de sillar y el atrio comido de maleza, se entra por debajo de un techadillo sombrío y medio ruinoso.
- El patrón de la iglesia es San Benito Abad. Antes de la guerra ha­bía cinco altares, a cual más hermoso, y no dejaron ninguno. El púlpito ya lo ve, dando las últimas.
En el interior hay una nave solamente, un coro atrás, una techumbre amenazadora que produce pánico. En el presbiterio hay a la izquierda del altar una imagen de Cristo colocada en andas, con unas ramas secas de boj extendidas por el suelo. Detrás, colocadas en línea sobre una repisa de yeso, se ven algunas láminas de papel enmarcadas, con la figura de San José y de San Antonio de Padua, una estatuilla de la Inmaculada y otra del Niño Jesús; en el suelo arden lentas algunas velas al pie del Santo Patrón, encendidas, es de suponer que algunas horas antes, por los esperanzados devotos que en estas interminables tardes del verano se acercan hasta la iglesia para hacerle compañía.
- Muy pobre todo, si señora. Tiene usted razón. Es una pena, ya lo creo.
- Por aquí que no aparezcan los ladrones a robar que pierden el tiempo. No hay nada que valga un duro.
Ribarredonda, pueblecito indefenso según el decir de sus gentes y tranquilo como pocos, apenas si cuenta al hablar del pasado. Su histo­ria corre paralela a la de la vecina villa de Riba de Saelices, donde ya hace tiempo contamos a nuestros lectores, con todo el género de de­talles que nos fue posible, nuestra vivencia personal en la cueva pre­hist6rica de Los Casares que allí existe, mucho más meritoria en el plano arqueol6gico de lo que a nosotros nos parece.
Al abandonar Ribarredonda invito a los vecinos para que me acompa­ñen a la capital en el viaje de vuelta. No aceptan, naturalmente. Al­guno de ellos me ha dicho que ya fuera bueno cuando hay necesidad, pero que casi siempre ocurre que las ocasiones suelen venir rodadas cuando menos las necesitas. Me contestaron, recuerdo, casi sin mirar, sin levantar ojo de las cartas, atentos sobre todo a su partida de tute. Uno se da cuenta sin que nadie se lo explique que lo primero y principal es lo que nos hace felices, lo cotidiano a veces que se hace imprescindible a fuerza de costumbre. Lo demás es sólo puro accidente, anécdota, como la nube que aparece una vez y jamás se repite. A no poca distancia del pueblo hoy me siento unido a él, lo mismo que me sentí aquella tarde. Es lástima que la memoria de las cosas se vaya diluyendo con el tiempo co­mo el azúcar en un vaso de agua. En todo caso, dejo noticia y testimo­nio de unas horas gratas vividas en un pueblo que -preferiría equivocarme- dentro de algunos años será recuerdo, y luego quizás nada.

(N.A. Julio, 1986)

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