jueves, 19 de noviembre de 2009

TORREMOCHA DE JADRAQUE


No sé si por su escaso número de habitantes –catorce solamente-, por su situación escondida de todo tránsito, o porque sus otros dos homónimos que ya existen en la provincia (del Campo y del Pinar) se llevan por mayor notoriedad la exclusiva del nombre de Torremocha, lo cierto es que el apartado lugarejo hacia el que ahora voy, lleva el lamentable carisma de ser un pueblo desconocido, incluso para muchas de las gentes que viven en la misma comarca.
-Hombre, pues no lo sé. A mí me suenan Medranda, Angón, Pálmaces, Cardeñosa y La Bodera. No creo que a esa altura que usted dice haya alguno más a la izquierda de la carretera de Soria, según se va.
A Torremocha, que, efectivamente, está a la misma altura y en la dirección que yo había dicho, se llega por una carretera estrecha, como un tobogán, que se estira desde el empalme a lo largo de dos kilómetros en dirección poniente. A aproximarte al pueblo te encuentras con un caserío desbaratado, como agazapado con cierto pudor detrás de una alameda en línea que por efecto de la enfermedad ya no oculta nada. Los olmos de Torremocha están muertos, como el pueblo tendrá que morir dentro de poco si es que antes no se le pone remedio.
Sin haber entrado aún, subo a media ladera de un oterillo como embaldosado de rocas grises entre las que crecen los cardos. En la misma vertiente hay dos o tres casillas de pajar y un depósito de aguas. A eso de las diez de la mañana en el mes de agosto pica el sol y canta la chicharra en las rastrojeras vecinas. Un hombre pasa por donde yo estoy tirando del ramal a una mula negra con collerón de guarnicionería, brillante por los años y por el uso. Le sigue al paso un mocito sin barba tirando de otra mulilla blanca. Por unos minutos uno tiene la impresión de haber retrocedido treinta años, o más, en el correr del tiempo, y la escena le reconforta y le llena de recuerdos.
- A machacar la parva. Con este sol seguro que cae en el día.
- Qué sé yo. Con sólo un par de caballerías le va a costar.
- En estos tiempos no resulta fácil ver trillar con mulas.
- Ya; pero no hay más remedio. Siembro unos huertecillos en los que no pueden entrar las máquinas, y nos tenemos que arreglar trillando como antes.
- Para aventar tendrán buen aire allá arriba.
- Ya lo creo. Cuando pega bien, algunos días sopla demasiado.
Luis Moreno, el hombre, que me dijo sin vacilar cómo se llamaba; y Javier, el chico, que también me dijo su nombre, pero anduvo más reacio, son los dos labradores de Torremocha que elevan más alto -la fuerza obliga- la antorcha del costumbrismo, prácticamente apagada desde hace varias décadas. Javier tiene diecinueve años y está a punto de marcharse al ejército como voluntario de un momento a otro.
- Pues enseguida se irá, ya ve usted. Con estas modas de ahora…
Por los llanos del Santo, a la caída, hay matas de melón que se derraman sobre la tierra bien trabajada con sus cabecitas amarillas y de un verde blanquecino luciendo al sol. A rato baja desde las eras el olor de la mies que ya ha empezado a trillar Luis Moreno, y que trae a mi memoria aquellas horas tremendas de los trillos cuando niño, de los sudores pastosos de las caballerías, de aquellos hombres y mujeres honrados a carta cabal, con nuestra misma sangre, que bregaban bajo el sol de tantos veranos, y cuyo recuerdo hoy nos invita a venerarlos con nostalgia y con amor de hijos.
El pueblo muestrea desde abajo, sobresaliendo en mucho por encima de las punteras secas de los olmos, el sólido empaque de su iglesia sostenida por contrafuertes, y con el campanario chato (torre mocha) orientado hacia el sol de la tarde.
La fuente del lavadero tiene una especie de pedestal al que se sube por tres escalones como al ambón de las arengas. Abajo, el abrevadero, con un continuo bullir de avispas sedientas volando alrededor. Ninguno de los dos caños echa agua. Al respaldo del lavadero está el juego de pelota, que forma ya parte de la Plaza Mayor. Un muchacho con pantalón corto pasa junto a mí y me da bajito los buenos días. La indumentaria del chaval se completa con una gorra de tela y una camiseta amarilla que anuncia “Michelín”. Ahora, a mi derecha plaza arriba, hay un anciano sentado a la sombra ojeando un ABC de hace quince días. El anciano del periódico se llama don Braulio Salvador Manso. Cuando llego hasta él, el hombre sigue obsesionado en la lectura, no responde a mi saludo. Me siento a su lado, en el mismo poyo, y procuro llamarle la atención en un tono más alto.
- ¿Qué hace el hombre?
- Nada, aquí estoy. Antes me gustaba enterarme de las cosas leyendo los papeles.
- ¿Ahora no?
- Ahora no señor. Ya soy muy viejo.
- Pues no lo parece.
- Los ochenta hace ya tiempo que los cumplí.
- ¿Vive usted de continuo en Torremocha?
- Sí; desde el año 31 que me vine de Cendejas de Enmedio que es mi pueblo, ahí al otro lado de la carretera.
- Lo conozco. Allí tengo yo buenos amigos. Es una gente muy simpática, y tienen unas bodegas que dan envidia.
- Ya lo creo. Hace cincuenta y cinco años que me vine de allí. He ido mucho; pero para la cosa oficial yo soy vecino de Torremocha. He sido juez y alcalde de este pueblo bastante tiempo.
- Poca vida es lo que veo en el vecindario.
- Nada. Todo está muerto. Somos cuatro casas abiertas, y de ellas, dos son sobrinos de mi señora. Habitantes creo que somos catorce.
- Ahora en verano se ven más.
- Ahora sí. Vienen a pasar el mes de agosto y aprovechan para estar en la fiesta mayor de San Miguel Arcángel, que es nuestro patrón.
- Que siempre cayó a finales de septiembre.
- Eso es. Aquí la tuvimos que adelantar a finales de agosto para que acuda más personal. Mire, ese que llega en coche es don Daniel, el secretario, que viene de Medranda.
Don Daniel González es un señor rayano a los sesenta, un hombre amabilísimo, que por lo que sospecho y debido a su profesión, conoce perfectamente a todos y cuenta con el afecto de la comarca.
-¿Cómo son las gentes de la comarca? – pregunto al saludarle.
- Pues qué quiere que le diga, casi no se sabe. Como son tan pocos…
- ¿Atiende usted a muchos pueblos?
- Llevo siete. La gente es estupenda en todos ellos. Eso es una suerte. No me puedo quejar.
Al secretario le hubiese gustado acompañarme a ver personas y a conocer cosas, dentro de lo poco que en Torremocha se puede ver. Le aconsejé que no lo hiciera, porque lleva dos semanas medio cojo con molestias y complicaciones en los pies, y que al andar con exceso le producen dolor, según me dijo.
- Tengo algo de gota.
- Ah, pues esa es una enfermedad de aristócratas y de gentes de buen comer.
- Eso es lo que dicen; pero no es mi caso. Esos se hinchaban de carne, y yo no la pruebo porque no me gusta.
- ¿Cómo se cura la gota en los tiempos modernos?
- Como todo. Con pastillas, medicamentos, mucho reposo, y sobre todo sin probar los mariscos, con lo que a mí me gustan. Es cuestión de días. Luego se pasa. Ya me dio otra vez.
La plaza de Torremocha está escalonada. Del rellano del frontón se sube hasta la fuente, y de ésta al antiguo edificio del ayuntamiento que queda como fondo. La fuente de la plaza surte por uno sólo de sus dos caños, y está plagada de abejas. Encima de la puerta del ayuntamiento hay tallada una piedra oval -también pudiera ser escayola envejecida- con el escudo de España. Alrededor se ven algunas casas emparradas, con racimos verdes aún, a punto de convertirse en fruto exquisito. Viviendas sin habitar adornan sus fachadas con bellos balcones y rejerías de forja asidos a la piedra de sus paredes. Estamos en el barrio del Olmillo. Don Daniel, el secretario, me presenta a Luisa, la esposa de José Herranz, el teniente de alcalde. Luisa no parece creer a pie juntillas que un desconocido acuda por buena voluntad a su pueblo e interesarse por él.
- Pues qué raro que venga un señor así a vernos. Si a nosotros no nos hace caso nadie.
- Tampoco será tanto, mujer. Tienen un pueblo muy bonito. Un poco abandonado quizás, pero que por eso no deja de tener su encanto.
- Bueno, pues ahora véalo usted bien cómo está de ruinoso, a ver si se les remueve la conciencia y nos lo quieren arreglar un poco. Suba hasta la iglesia, que le va a gustar. Aquello está que da vergüenza.
El abuelo Fausto es el padre de Luisa. El abuelo Fausto y la señora Feli, que tiene su casa en la calle que dicen Principal, tuvieron la amabilidad de llevarme a ver la iglesia. Como preámbulo, montones de escombreras, palitroques caídos entre las ortigas y piedras derrotadas, para llevarnos de hecho hasta el atrio que da al barranco de los olmos muertos. Un pórtico del que ya se desprendió la mitad de su cubierta, pone en peligro la integridad física de quienes pasan por allí. Los restos del tejadillo se sostienen tan sólo sobre unas vigas viejas, que a su vez descansan sobre los sencillos capiteles de dos columnas de piedra. Para entrar lo hacemos con precaución, por el lado donde no hay tejas, intentando evitar males peores.
- Mírelo todo bien. Pero, por Dios, por las buenas o por las malas que nos lo arreglen.
La iglesia es en su interior pobre de solemnidad, muy pobre, pero es bonita. Tiene la cubierta trenzada de nervaduras y un retablo mayor renacentista, con tablas pintadas en las que se dejan ver escenas de la vida de Cristo, misterios de la vida de la Virgen y santos mártires. La imagen del Patrón, San Miguel Arcángel, queda por delante, mirando desde el altar al conjunto silencioso de bancos que hay para los fieles. A San Miguel le falta la lanza. Se lo hago notar al abuelo Fausto, pero no la encuentra por ninguna parte. Entre la imaginería me llama la atención una antigua y poco agraciada de Nuestra Señora del Rosario, y otra grandísima, de las de vestir, que representa a la Dolorosa.
- Pues gracias a que llueve poco, pero como nos venga un invierno tirando a crudo, con las goteras toda la iglesia se nos viene abajo.
Desde la calle otra vez, se ve por detrás de los árboles al joven Javier dando vueltas encima del trillo y arreando a su yunta de mulas, una de cada color. Como hado protector del pueblo y de sus intereses contra los vientos de poniente está el cerro de Trascasas, y a nuestra espalda, según bajamos, el Alto de la Mata, con más terreno yermo que de labor, según me explican.
- Con esto yo creo que ya ha visto usted todo lo que hay que ver en Torremocha. Si alguna vez se pierde por aquí, ya sabe donde tiene su casa.
- Muchas gracias, Han sido ustedes muy amables. Les digo lo mismo.
No soy capaz de imaginar siquiera lo que puede ser de Torremocha de Jadraque en un futuro no excesivamente lejano. Ahí está, en el sitio donde apuntábamos al principio de nuestro trabajo aunque para la gente ni siquiera exista. También aquella amable villa jadraqueña es un palpable motivo de reflexión acerca de tantas cosas que deberían ser diferentes.

(N.A. Septiembre, 1986)

3 comentarios:

ALVARO dijo...

Derruido, casi deshabitado pero es el pueblo de nuestros antepasados y mientras podamos lo mantendremos con vida.

Anónimo dijo...

Desde el verano de 1986 en que un periodista escribió este artículo, sobre nuestro pueblo, mucho han cambiado las cosas. Desgraciadamente en estos casi 26 años han fallecido la mayoría de las personas que vivían en aquella época y a las que mencionaba en su escrito.
De los 14 habitantes que, decía Braulio, vivían en Torremocha, hemos pasado actualmente a ser 30 empadronados, aunque es cierto que una buena parte no vive permanentemente en el pueblo.
La única yunta de mulas que quedaba, una de las últimas de la provincia, ya no está, pero en cambio hay 6 tractores y 2 cosechadoras.
No existía un solo metro de pavimento estando actualmente pavimentadas sus calles en más de un 80%, habiéndose construido un parque infantil en la parte alta de la plaza.
Hace aproximadamente 10 años se procedió a la demolición del edificio destinado a Ayuntamiento porque amenazaba ruina, debido a que sus vigas de madera estaban carcomidas y suponía un gran peligro. Después de multitud de gestiones está a punto de acabarse la planta baja del nuevo edificio que acogerá el centro médico y el centro social. Asimismo se terminará una parte de la planta de arriba, destinada a Ayuntamiento. El resto de dicha planta, pendiente de acabar, para cuando dispongamos de dinero.
En el año 1995 se creó la Asociación Cultural Colectivo Musgaño (www.torremochadejadraque.org ) construyendo años después un edificio en un solar cedido al Ayuntamiento por sus dos propietarios. En dicho edificio se han instalado en su planta baja diversos juegos tales como billar, ping pong, etc., habiendo contratado un socio el canal plus liga para poder ver partidos de futbol.
En la planta alta existe una biblioteca con unos 4.000 volúmenes que es la más importante de la comarca, en la cual en las tardes de verano con una gran pantalla, se pasan películas y hace las veces de sala de cine.
Se comentaba que existían muchas ruinas y aunque al día de hoy sigue habiendo más de las que nos gustaría a todos, también es cierto que se han hecho algunos desescombros, construyéndose varias casas nuevas y actualmente se están construyendo 2, arreglándose muchas que de no haber sido así habrían terminando hundiéndose.
No sabemos que deparará el futuro a nuestro pueblo. Es posible que debido a la actual situación de falta de puestos de trabajo, alguien pueda decidirse a montar alguna explotación ganadera o de otro tipo, como salida a la imposibilidad de tener otro trabajo. Esta posibilidad requeriría disponer de recursos financieros o acceder a algún crédito que en los momentos actuales resulta tarea harto difícil.
Otra posibilidad es que siga languideciendo con la presencia diaria de unos pocos y en los fines de semana de unos pocos más.
Suceda lo que suceda, resulta reconfortante que Álvaro, un joven que viene a Torremocha de cuando en cuando, piense que el pueblo de nuestros antepasados se merece que lo mantengamos con vida.
Pienso lo mismo que Álvaro, estoy seguro que otros muchos también lo piensan y sería bueno que lo expresaran y ojala, entre todos, se nos ocurra algo para que nuestro pueblo no muera.
Podéis ver fotos, actividades y mucho mas en www.torremochadejadraque.org .

Entre puntadas e hilos dijo...

Yo también soy hija del pueblo, y orgullosa de serlo, aunque naciera en Madrid. Quien estuviera esta Semana Santa en Torremocha y viera el grupo de niños que se juntaban cada día para jugar y corretear por sus calles, no puede decir nunca que el pueblo se muere. Porque esos niños también son hijos del pueblo, aunque hayan nacido fuera de él.

Han cambiado muchas cosas, la inmensa mayoría, a mejor. Seguiremos cambiando cosas y yendo a nuestro pueblo cuando podamos o la vida nos deje.