lunes, 30 de noviembre de 2009

VALDEAVELLANO


Si hubiera que admitir que cada camino tiene un solo viaje, y sólo uno, el que aquella mañana me fue acercando a Valdeavellano debo considerar que era el suyo, el único, que no hay otro posible para llegar a él.
La austeridad del camino supera con creces a su estado mediocre, a su trazado difícil en lo más alto de aquel altiplano que precede por el poniente a las espectaculares tierras bajas por las que corre el Tajuña. Serenos campos de pan, labrados con mimo por brazos que mamaron de la propia tierra, sacan a la luz en los pequeños ribazos del camino la estampa gris de las encinas y de los chaparrales, el milagro de la espiga tierna, la gracia colorista de las tamarillas, de los alverjanones y de las amapolas, mezclando en la mañana sus virginales tonos con el verde de los trigales. Más allá, con sus viviendas bajas, como camufladas a la sombra de la torre, se alcanza a ver a nuestra derecha, en postura inverosímil mirando al valle, la villa colgada de Valfermoso. En seguida el pueblo, Valdeavellano, hecho a recibir con cariño de madre a tantos de sus hijos que un día lo dejaron para siempre, te acoge en el re4gazo amable de su Plaza Mayor. La plaza de Valdeavellano está dedicada a la reina María Cristina. Yo la conocí desierta, toda para mí, dejándome sentir desde el silencio de una pared en sombra, el palpitar de su viejo corazón. Es una plaza hermosa, abierta a la luz y a los soles de cada día; una plaza singular en su tipismo que afirman y confirman ante los ojos absortos del visitante, la fachada del ayuntamiento y la piedra monumental de la picota.
- Según oídas, la mejor de la provincia es la de Fuentenovilla, y luego ésta.
La picota de la plaza de Valdeavellano se levanta sobre una peana hexagonal, rodeada por un pilón abrevadero, cuyo capitel se abre en medios cuerpos de león perfectamente reconocibles.
- Antes era muy bonita. Tenía tres filas de escaleras alrededor para subir a la base; pero las quitaron para hacer el pilón.
Don Martín Cuesta, la primera persona con la que tuve ocasión de hablar, tiene su casa en la plaza. Don martín no es del pueblo, ni vive allí habitualmente. Don martín se marchó del pueblo cuando se fueron todos, por la misma causa, y, según él, siguiendo la corriente al mismo sitio que los demás.
Todos nos fuimos a Madrid o a Guadalajara. Pero pronto habrá que emprender la vuelta. Según vienen las cosas nos tendremos que volver otra vez al pueblo, y yo no pienso ser de los últimos.
- ¿No le parece a usted que a la hora de marchar se obró un poco a la ligera?
- Yo creo que sí. Este pueblo ha dado siempre para vivir. El término es bueno, y este año, sin ir más lejos, los agricultores tienen un cosechón.
- ¿Queda mucha gente para trabajar el campo?
- Bueno, la verdad es que en el pueblo quedarán unas treinta familias de personas mayores, y tres o cuatro más de gente joven. Lo que pasa es que muchos de los que viven fuera, vienen a cultivar sus tierras los fines de semana o cuando pueden. Hace unos días eché la cuenta y me salen cerca de cuarenta tractores.
Ajena a la conversación del forastero y de su amigo Martín, que estaban sentados cómodamente al sol sobre un poyo de piedra, cruza la plaza una señora con una gavilla de hierba bajo el brazo y un cubo de agua en cada mano.
- Eso es para el ganado.
- ¿Les queda mucho ganado?
- Mucho no. Del ganado menudo nunca falta en las casas, y de ovejas todavía hay un par de hatajos buenos.
Valdeavellano, con lo poco que conocía de él, y otro poco que me fue posible observar tratándolo de cerca, me pareció un pueblo de gente honrada y de buena condición para el trabajo; un pueblo de alma limpia y de cuerpo descuidado, que está sufriendo en sus carnes, como pocos, la dolorosa experiencia de la despoblación, incluida toda ese secuela de irremediables consecuencias, que el tal fenómeno tiene por costumbre llevar consigo.
- Sin ir más lejos, yo puedo decirle que sí que seríamos seiscientas personas hace veinte años. Ahora, ya ve, viviendo aquí de continuo pocos más de cien. Y menos mal que tenemos ayuntamiento propio, que otros por ahí no tienen ni aun eso.
La calle de la Fuente parte pueblo abajo desde la plaza en busca de uno de los más bellos rincones que se conocen, si la zarpa del más radical abandono no se hubiera cebado sobre él. Es una calle sin pavimentar, una costanilla de canto y tropezón en cuyas aceras se van sucediendo las viviendas deshabitadas, las viejas mansiones familiares en las que debieron de nacer y vivir, hasta que sirvieron para levantar vuelo, una buena parte de los hijos del pueblo que por hache o por be prefirieron clavar raíz lejos de la casa paterna.
Una anciana pequeñita nos mira, muy simpática, sentada sobre un tronco de árbol a la sombra de la pared. Ya en las afueras, un grupo de árboles junto al camino dan paso otra vez al campo abierto. En los repechos se alcanzan a ver, muchas de ellas escondidas detrás de los yerbajos, las puertas hundidas de las bodegas, en cuya cercanía surge la paradoja casual de algún moderno chalé.
- Mire, eso que hay ahí era una ermita. Le decimos la ermita del Espíritu Santo. Yo la llegué a conocer con su imagen y todo.
Acaba el sendero entre la espesura verde que rodea a la fuente, y que seguirá después por toda la cañada, hasta perderse como en una selva impenetrable al pie del Cerro de la Cabeza. La fuente está situada en un paraje tan bello como olvidado. A la sombra de los chopos, que crecen allí al amparo de la humedad en manifiesto desorden, el agua brota a la superficie no por una, sino por seis, ocho o diez, bocas a la vez, y que sirven toda la transparencia y el frescor que aquellos montes próximos guardan escondido en sus entrañas.
- Mire, aquí en esta primera es donde se lavaban antiguamente los menudos de las reses. El agua es la misma que la de la fuente mayor.
Al lado de la fuente pequeña se conservan cubiertos dos lavaderos que acabarán viniéndose abajo por falta de utilidad. A través del agua de los dos pilones se dejan ver las piedrecitas, las hojas secas y los sedimentos que el pasar de los años les fueron dejando en el fondo.
-Estos sí que, con la historia de los detergentes y las lavadoras, ya dieron todo lo que tenían que dar. Esa casona hundida que hay detrás era un molino aceitero.
La primera estrella de aquel romántico lugar, que me hubiera gustado contemplar con todo su encanto a la caída de la tarde, es la Fuente. Una fila de caños y agujeros, de los que sólo por la mitad corre el agua, surgen alineados en la base de un viejo paredón que se remata con el escudo en piedra del antiguo reino de Castilla, al que algún desaprensivo cazador de leones inertes, debió de tomar en más de una ocasión como blanco de su vandalismo.
Por lo alto del cerro pasa un pastor, Alejandro, dando órdenes de repliegue a los perros guardianes que le obedecen al instante.
En una solitaria plazoleta que le llaman -nadie me ha dicho por qué- la calle del Sartenazo, hay una señora que limpia sillas junto a la puerta de su casa. Es una señora que viste de luto, muy agradable, se llama Antonia, y viene con los suyos a dar una vuelta por el pueblo los fines de semana. Cerca de allí hay un arco de piedra con escudos por el que se entra a un patio sin salida donde se desarrollan las flores, la hierba y el perejil, al pie de las paredes.
- Le llaman la Casa del Romo. Yo creo que debían de ser condes.
- El pueblo parece viejo ¿verdad usted?
- Sí. Y con tan poca gente como hay ahora, fíjese. Está hueco por debajo. Todas las casas tienen su bodega y enseguida sale el agua.
Por la calle de la Iglesia se divisa, un poco de pasada, la maravillosa portada románica del templo parroquial escondida en la sombra al otro lado de las rejas. La amigable tertulia de dos, doña Felisa y doña Josefa, junto al quicio de una puerta en la calle de la Soledad, se hizo de tres cuando llegó el forastero.
- Forasteros aquí, no señor. En este pueblo somos todos iguales, y al que viene de fuera, si es con buena intención, que sea bienvenido.
- Seguro que estaban las dos recordando sus tiempos.
- Pues sí señor. Estábamos hablando de lo que nos tocó trabajar. Que si a coger olivas, que si a segar con la hoz, para luego comerse unas malas gachas con torreznillos.
- Ah, y si lo cuenta usted a los de ahora, no se lo creen.
- Claro que no se lo creen. Las de ahora que no tienen que lavar, ni que fregar, y dicen que están esgüesás. Dígame si no da risa.
- Bueno, la verdad es que en Valdeavellano tampoco se vive mal.
- No señor, no se vive mal. Nunca han habido ricos ni pobres, y nos hemos ido arreglando como hemos podido. Unos se han ido por ahí y otros nos quedamos aquí; pero mire como ahora vuelven.
Otra vez en la plaza, bajo el sol sin piedad de la mañana de junio, la conversación se hace cordial con las vecinas que viven por allí. Doña María Rojo, desde el balcón de su casa; doña Mari Cruz Rojo, esposa de mi amigo Martín; y doña Rosa, ¡vaya!, Rojo también, que vive en la casa del Romo, me hablaron con verdadera pasión de sus patronos y patronas, del Santísimo Cristo y de Santa María Magdalena, de la Virgen de la Soledad, que sacan en procesión por las orillas del pueblo el último domingo de mayo, y de sus fiestas y costumbres, que nadie se resigna a olvidar.
Desde la ermita de la Soledad, donde la bella imagen de Nuestra Señora conserva todavía las flores naturales de la última fiesta, la vista se pierde por los campos de verde trigal, que un poco más adelante se acabarán precipitando, entre bancales de olivar y campos yermos, en el valle del Tajuña.

(N.A. Junio, 1981)

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